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Los Funerales de Atahualpa

Los Funerales de Atahualpa

Luis Montero– con la actualización subvertida de sus imágenes y sentidos en una reciente (2005) reelaboración ensayada por Marcel Velaochaga. (11) Una alegoría gigantesca (300 x 450 cm.), ofrecida como un collage pictórico transtemporal en el que los personajes de la tela original alternan con policías y militares varios, así como con las víctimas de masacres tanto gubernamentales como senderistas. También con encarnaciones reconocibles de nuestra más clamorosa actualidad. Abimael Guzmán, por ejemplo, o el Papa Benedicto XVI sosteniendo la cabeza del “Che” Guevara, en alusión pixelada al mito de Inkarri: el Inka-rey decapitado cuyo cuerpo se regenera bajo la tierra a la espera del momento propicio para volver a la superficie y restaurar el tiempo interrumpido de los indígenas.

Ansias mesiánicas en alianza y lucha con un rango de citas artísticas que van desde mantos prehispánicos y dibujos de Guaman Poma hasta Lichtenstein –pasando por obras de Rembrandt, de Velázquez, de Orozco, del propio Velaochaga, entre tantos más. Y el autorretrato del artífice en un violento primer plano, interpelando al espectador desde los brillos de su mirada.

Aunque otro texto sería necesario para el desentrañamiento minucioso de este complejo mosaico de imágenes, importa ahora destacar como detalle incisivo el que la referencia a Velázquez se dé a través de la versión del perro de Las meninas incorporada en varios cuadros del Equipo Crónica. Y que el punto de quiebre entre el “lado español” y el “lado indígena” de la composición –donde al parecer Montero ubicó estratégicamente su propia semblanza– se vea aquí acentuado por la silueta negra y plana del “pintor de capa negra”. Esa figura irónica, enigmática, concebida por el colectivo valenciano sobre la pauta de un logotipo para la comercialización inglesa de vinos ibéricos, sugiere aquí matices adicionales al condensar también el gran sombrero que en el lienzo del siglo XIX aparece entre las manos del conquistador Francisco Pizarro y sobre la cabeza de uno de sus esbirros. Las economías –materiales y simbólicas– de la globalización temprana.

Pero en esos detalles últimos y en la composición toda debe percibirse tanto una respuesta como un homenaje a los recursos técnicos e ideológicos del Equipo Crónica. Tras la acumulación de citas opera aquí no sólo la desconstrucción político-cultural de un repertorio, sino además y sobre todo un palimpsesto de temporalidades rotas y textualidades irresueltas. Mosaicos quebrados y a la vez inconclusos, entre cuyas fisuras aflora la fantasía –a veces el fantasma– de una culminación utópica.

La exhumación artística del cadáver histórico del Inca como una radical puesta en abismo de nuestros tiempos una y otra vez fracturados. Pero recompuestos siempre, aunque con tanta fragilidad, por el ansia mítica de la regeneración.                     

Gustavo Buntinx